
Miss América 1984, el 57º certamen de Miss América, se llevó a cabo en el Boardwalk Hall de Atlantic City, Nueva Jersey, el 17 de septiembre de 1983, y fue transmitido por la cadena NBC Network. Debra Maffett coronó a su sucesora, Miss Nueva York 1983, Vanessa Williams-1963, con gran algarabía, ya que era la primera vez en la historia del tradicional certamen norteamericano, que resultaba ganadora una candidata afrodescendiente.
Mientras Vanessa Williams caminaba emocionada, el público aplaudía a rabiar. Nadie podía negar su belleza, y sus fabulosos ojos verdes que contrastaban con el tono de sus piel. Estados Unidos celebraba a su nueva ganadora, que con su triunfo revitalizaba un certamen que se veía constantemente amenazado por el muy popular Miss USA, que al tener al Miss Universo como certamen aliado lo hacía más interesante, ya que la ganadora competía con ochenta otras jóvenes de alrededor del mundo y eso en los ochenta concitaba la atención del planeta entero.
Al ser la nueva Miss America de ascendencia afroamericana, el certamen se ponía a la vanguardia, ya que el Miss USA jamás había coronado una candidata de color (lo cual no sucedería hasta 1990). Era un triunfo para el tradicional certamen de Atlantic City, y también para la comunidad afroamericana, que veía con el triunfo de Vanessa una reivindicación a sus derechos. Desafortunadamente nada puede ser perfecto, y lo que parecía un fantástico cuento de hadas se convirtió meses después en una historia de horror.

Por primera vez en la historia del concurso, una Miss América reinante fue blanco de amenazas de muerte y correos de odio. Además, diez meses después de su reinado como Miss América, Williams recibió una llamada telefónica anónima indicando que fotos de ella desnuda (tomadas antes de sus días de concurso) se publicarían en Penthouse. La publicación de estas fotografías finalmente provocó su renuncia como Miss América. Williams creía que las fotografías eran privadas y habían sido destruidas; ella afirma que nunca firmó una autorización que permitiera el uso de las fotografías.[6] Las fotografías en blanco y negro se remontan a 1982 (el año anterior a que ganara el concurso Miss América), cuando trabajaba como asistente y maquilladora para el fotógrafo de Mount Kisco, Nueva York, Tom Chiapel. Según Williams, Chiapel dijo que "tenía la idea de tener dos modelos posando desnudas para siluetas. Básicamente para hacer diferentes figuras y formas. La luz estaría detrás de las modelos. Yo estaba reacio, pero como él me aseguró que estaría "A Hugh Hefner, el editor de Playboy, inicialmente le ofrecieron las fotos, pero rechazó los bajó, afirmando: "La única víctima en todo esto fue la propia joven, a quien le quitaron el derecho a tomar esta decisión. Si ella quisiera hacer este tipo de declaración, sería asunto suyo, pero la declaración No fue hecha por ella". una ganancia inesperada de 14 millones de dólares."[5]

Desde muy joven Botero tomó la decisión de ver el mundo y así a los veinte años después de ganar el segundo premio del Salón Nacional, se subió a un avión y partió a Europa. Pasó fugazmente por la Academia de San Fernando de Madrid y por la Academia de San Marcos en Florencia. También tomó clases sobre el arte del Quatrocento italiano. Ya de vuelta en su país, en 1958 y con todo lo aprendido en su viaje, ganó el primer premio del Salón Nacional con un óleo en homenaje al pintor italiano Andrea Mantegna (1431-1506). Tres años después se mudó a Nueva York y a comienzos de los años setenta se instaló en París. El mundo sería su casa, pero Colombia siempre su hogar.
El éxito de Botero radicó en ir en contra de la corriente y mantener a pesar de las críticas iniciales su estilo. Se inspiró en la pintura renacentista para lograr una obra provocadora, en un registro quizás anacrónico pero muy personal, que fue precisamente el que lo consagró; dejando retratados en sus obras personajes inventados que eran parte del día a día de los colombianos de a pie: religiosos, militares, políticos; así como fantásticas escenas de la cultura popular, centrada por ejemplo en las corridas de toros, y los prostíbulos.

Una de sus obras más importantes – que se puede ver en el museo que lleva su nombre – es el oleo que el pintor dedicó a la insurgencia colombiana pintado en 1999, donde “Manuel Marulanda ‘Tiro Fijo”, el que el campesino transformado en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), aparece con un uniforme verde de combatiente, armado con una ametralladora, camuflado con el bosque como entorno, pero con las formas voluptuosas que caracterizaron al pintor. La obra recibió muchas críticas, pero Botero comentó que era un reflejo de los tiempos convulsos que Colombia vivía.
El éxito de Botero radicó en ir en contra de la corriente y mantener a pesar de las críticas iniciales su estilo. Se inspiró en la pintura renacentista para lograr una obra provocadora, en un registro quizás anacrónico pero muy personal, que fue precisamente el que lo consagró; dejando retratados en sus obras personajes inventados que eran parte del día a día de los colombianos de a pie: religiosos, militares, políticos; así como fantásticas escenas de la cultura popular, centrada en los toros, y los prostíbulos.
Los volúmenes corporales que siempre pintó el artista son, según su propia mirada, una exaltación de la belleza a la que siempre le saco partido añadiendo en cada personaje una cuota de sensualidad y el gusto por lo monumental.

A mediados de la década del setenta sus esculturas empezaron a adquirir notoriedad, al punto que hoy son las que lo identifican mundialmente; utilizando materiales como el bronce y el mármol, aparecen mágicamente en parques y plazas; y reconocerlas resulta sencillo: llevan su sello.. Comenzó exponiendo tímidamente en París y a lo largo de los años hoy muchas ciudades del mundo cuentan con esculturas del artista, como un recuerdo inborrable de la obra de un genio.
Es cierto que Botero partió ayer a un viaje definitivo, pero en cada parque, plaza, malecón, o estructura donde se exhiben sus esculturas el artista seguirá vivo, cautivando a los que lo conocimos, o vivimos en su tiempo, pero también a los que lo conocerán, como hoy sucede con Miguel Ángel, o Velázquez. Buen viaje maestro...







